sábado, 1 de agosto de 2015

ORACIÓN

“Jesús, mi Dios, mi redentor, mi amigo, mi íntimo amigo, mi corazón, mi cariño: Aquí vengo, para decirte desde lo más profundo de mi corazón y con la mayor sinceridad y afecto de que soy capaz, que no hay nada en el mundo que me atraiga, sino tú sólo, Jesús mío. No quiero las cosas del mundo. No quiero consolarme con las criaturas. Sólo quiero vaciarme de todo y de mí mismo, para amarte sólo a ti..
Para ti, Señor, todo mi corazón, todos sus afectos, todos sus cariños, todas sus delicadezas. ¡Oh Señor!, no me canso de repetirte: Nada quiero sino tu amor y tu confianza. Te prometo, te juro, Señor, escuchar siempre tus inspiraciones, vivir tu misma vida. Háblame muy frecuentemente en el fondo del alma y exígeme mucho, que te juro por tu corazón hacer siempre lo que tú deseas, por mínimo o costoso que sea. ¿Cómo voy a poder negarte algo, si el único consuelo de mi corazón es esperar que caiga una palabra de tus labios, para satisfacer tus gustos? Señor, mira mi miseria, mi debilidad. Mátame antes de que te niegue algo que tú quieras de mí. ¡Señor, por Madre! ¡Señor por tus almas! Dame esa gracia…[26]
….
[26] Recogida por Fernando García Gutiérrez, SJ, El padre Arrupe en Japón, Sevilla 1992. Este libro reproduce doce oraciones en su mayoría conocidas del padre Arrupe



miércoles, 22 de julio de 2015

La fraternidad en el Monasterio

La fraternidad es un sentimiento natural que lleva a una relación que crea vínculos de afecto y amistad con los semejantes. Mas la fraternidad no tiene sus límites en la mera filantropía.
            Jesús nos reveló nuevas dimensiones que nos permiten comprender los vínculos de hermandad que Dios ha querido para sus hijos, los hombres.
            Jesús insiste en la fraternidad entre todos; lo expresó gráficamente en la parábola del buen samaritano (Lc 10,25-37).
            ¿Cuál es su fundamento?  El amor que Dios tiene a cada persona: “El primer mandamiento, y el más importante, es el que dice así: Ama a tu Dios con todo lo que piensas y con todo lo que eres. Y el segundo mandamiento en importancia es parecido a ése, y dice así: Cada uno debe amar a su prójimo como se ama a sí mismo” (cf Mt 22,36-40). El amor al hermano es la respuesta al amor de Dios. El amor a Dios ilumina y purifica la fraternidad. Ésta es la manifestación comunitaria de ese amor y el criterio para discernir su autenticidad.


            La fraternidad encuentra su expresión en las comunidades primitivas cristianas: comunión de corazones y bienes. La fraternidad se fue condensando de manera particular en la vida de los monjes. La espiritualidad del monaquismo se resumía en una fórmula: los monjes viven la vida apostólica, es decir, vida a semejanza de los apóstoles y de la primitiva comunidad de Jerusalén.
            En la tradición monástica, la fraternidad encuentra en el abad a un padre común que coordina la vida de los monjes de modo que los fuertes se sientan estimulados a dar más y los débiles no se retraigan ni se desanimen.
¿Tiene algo especial que decirnos acerca de ello la vida monástica benedictina? Nuestra vida es cenobítica, señalada fuertemente por una unión fraterna y comunitaria. San Benito nos delinea en el capítulo 72 de su Regla el trato que debe caracterizar la convivencia de sus monjes:
            -Adelántense para honrarse unos a otros (v 4).
            -Tolérense con suma paciencia sus debilidades ((v 5)
            -Obedézcanse unos a otros a porfía (v 6).
            -Nadie busque lo que le parece útil para sí, sino más bien para el otro (v 7).
            -Practiquen la caridad fraterna constantemente (v 8).
            -Teman a Dios con amor (v 9).
            -Amen a su abad con una caridad sincera y humilde.
            -Nada absolutamente antepongan a Cristo (v 11).
            En la vida fraterna radica el principal testimonio puesto que es la forma de hacer presente la salvación de Jesucristo que posibilita la comunión fraterna entre los hombres; y ésta es la más alta vocación del hombre: entrar en comunión con Dios y con los otros hombres, sus hermanos.
            Además, la paz y el gozo de estar juntos es uno de los signos del Reino de Dios. La alegría de vivir, aún en medio de las dificultades en el camino humano y espiritual, forma parte del Reino. Esta alegría es fruto del Espíritu. Una fraternidad sin alegría es una fraternidad que se apaga. Sus miembros buscarán en otra parte lo que no pueden encontrar en casa. Una fraternidad donde abunda la alegría es un verdadero don de lo alto cumpliéndose por ello las palabras del salmo: “Ved que qué delicia y qué hermosura es vivir los hermanos unidos” 

sábado, 18 de julio de 2015

Familia Monástica

El pasado 16 de Julio celebramos en el Monasterio el Santo de Nuestra Madre Abadesa, Madre Carmen. Gran día para todas las monjas de acción de gracias por su labor como cabeza de la Comunidad...y gran día de compartir fraterno.


Nos dice San Benito en la Regla de los monjes que el Abad hace las veces de Cristo en el Monasterio. El Abad es transmisor de la voluntad de Dios, maestro para los monjes de la palabra y del silencio y mediador del amor de Dios.

Gracias Madre por su labor.